lunes, 13 de octubre de 2014

Agosto 13.

Los días son goteras abiertas como heridas, cuya sangre fluye a borbotones. La respiración se acelera y el corazón se vuelve frágil.  Escribo con ritmo de latido fúnebre, a deshora, con manos que parecen aves sobre la máquina de hacer palabras, en hoja de papel amorfo con una lágrima de cristal roto. Tengo una mueca que no habla desencajada en la garganta. Un paisaje acuoso a través de la mirada dibuja la lluvia, y un camino de barro me lleva a sitios que ni yo conozco. Hay un puente entre dos mundos que no existe, una cama rota, una lámpara, un aullido de dolor en los sueños, una vida que quiero retener en el tiempo. Hay fotografías sobre la mesa, un pañuelo azul, un sollozo destrozado en el pecho salpicado de rojo. 

martes, 13 de noviembre de 2012

Un verano (microcuento)


Debajo del lecho del río, supo haber pequeñas tumbas de peces migradores. Buceábamos en la corta profundidad del agua, en busca de caracolas y piedras fluorescentes, envueltas en musgo negro. Pero el tiempo se murió de noche, cuando los pájaros dejaron de flotar en el aire denso que ocupaba el cielo. Obedecíamos al brillo mortuorio, de las copas de los árboles, camino a casa.-

sábado, 9 de junio de 2012

Mis luces fúnebres


He llegado con las últimas horas del crepúsculo sabiendo que las cosas suceden por algo, y me asomo al fondo de éste precipicio de mi alma, que de agrietada tumba se lamenta.
El piso rojiblanco, era la muestra más oscura de mi angustia. Yo me esforzaba por quedar atrapada, como un pájaro incandescente, en ésta jaula inmensa  que engendra mi locura. Pero no todo rayaba lo absurdo: entré con la música de los muertos, entibiando la sangre, en el invierno morado de sus ojos. Sentí la llegada del frío austral, junto con las luces de los coches fúnebres, las máscaras del espanto y el pecado congelado de las manos. Me detuve ante el cadáver de la muerte, rompiendo los tules, hasta llegar al pozo en que se cuece el mundo. Mil voces se oyeron familiares. Las voces de mis adentros con sabor a pasado, y ese pasado, aún, más lejano… como la felicidad. Y vivíamos en una casa de muñecas, con un cementerio abandonado en el patio desierto y una máquina de hacer música. Soñaba con tener una libertad cocida al alma, atada con espinas azules y lilas, muchas veces indoloras, otras veces rompiendo la barrera de la carne. Pero no,             nuestro existir era un eterno desencuentro, un puñado de niebla, una bocanada de sombras siempre temblorosas, porque las palabras así lo querían. Tengo que marcharme sin olvidarlo todo. Ser leve en éste viaje. El olvido es olvido y yo no existo sin él. Ahora, los baúles que me vieron nacer en el desván, no dicen mucho. Me sentía tan extraña, como la lluvia frágil plagada de claves, y con la inocencia a punto de morir en tus brazos solitarios.-  

martes, 28 de febrero de 2012

Baby gore

Exactamente un año atrás, estuve postrada a causa de una torcedura estúpida al bajar la escalera. El médico, entonces, aprovecha para trasladarme hacia el ala trasera del geriátrico con el propósito de  desinfectar mi habitación. La tarde destemplada, y yo sola,  en el patio cuadrado rodeado de malezas, simulaba un desamparo para el aura. Un panorama triste y desolado veían mis ojos lacrimógenos y el  tobillo vendado dolía demasiado. Un sudor iridiscente nacía en mi cabeza y viajaba por mi sien anémica hasta morir en el alba de mis labios apretados.   Una súbita ráfaga de viento movió la vegetación -a lo lejos- y pude vislumbrar algo tornasolado que brillaba en el sitio agreste como mi alma; y espinoso como éste corazón hueco que gime adentro. A duras penas camino con el miembro trastocado hacia aquel sitio, pero una voz siniestra que me grita desde lo alto de una ventana, me asusta. No entendí con claridad lo que dijo; pero aún así retomo la marcha como lo había planeado.  Cuanto más me acercaba, más y más brillantes se hacían los destellos. La hierba era tupida y acariciaba mi rostro con el vaivén que provocaba el movimiento  de mis pasos.  Un perfume sutil y delicado me atraía como un imán hacia la espesura. A los cinco minutos ya estaba cubierta por aquella hierba que hacía cosquillas en mi espalda y a la vez me molestaba. Ahora los destellos habían desaparecido y fueron remplazados por sonidos de agua que provenía de algún lugar. Mis pies se fueron  hundiendo lentamente hasta empaparme las rodillas. Yo, me dejaba tragar por la música inerte de ese mundo acuoso. El tobillo dejó de doler y el agua me fue llevando hacia adentro. Ahora no dolía la carne. Mi sangre se había lavado y mis heridas clamaban por tu ausencia. Quedé olvidada en lo profundo, perdida en medio del silencio sepulcral de los ojos de un niño muerto.-

domingo, 15 de enero de 2012

Cadencia

                                                      Para Alicia Missterror





I
He tatuado la soledad al pié de la noche,
y esculpido callos inolvidables en los miedos fugaces
que clausuran el aire.



II

Tiembla la niña como el humo espumoso,
o las manos sin carne en féretros de huesos.


III


Toco y me voy.
La muerte yace inmóvil.
Toco y me voy.



IV

Un  atado gris con forma de sombras, repite mi nombre.
Es mi voz debajo de todas las cosas.








domingo, 25 de diciembre de 2011

Lágrima fría

Pienso que la noche no es más que un estadío doloroso. Lo siento con los ojos perdidos en mi falda y las manos sobre la angustia. Aferrada a las cosas que ya no existen –aquellas que por tenerlas hieren con sigilo- hurgo en lo profundo buscando una respuesta. Y ante tanta curiosidad que evoco cuando te pienso, me adormezco cuajándome la sangre, sorbiéndome la vida. No es que esta niña llore por ausencia; sucede que existir a quemarropas es lo más idéntico a la muerte cuando de perder se trata. Por eso, añoro convivir en el invierno, dormir con la nieve a la intemperie, congelar mi hueco corazón desosegado. Y a pesar de todo, sobre el hielo, te extraño.

domingo, 4 de diciembre de 2011

La niña que llora


Me alejé con el aura constelada, y con el aliento polar en las mejillas les  grité a los barcos una canción de translúcido naufragio. Porque me regalabas al amanecer la música del tiempo, yo desnudaba la eternidad del cielo en una noche. Y me entregabas en el espacio oscuro de las manos, la hecatombe del mundo fallecido. Así me iba –para no volver- con el anhelo que todo lo clausura, que todo lo ocupa y todo lo llena; pero volvía para llorar las penas en el fresco agreste de la casa. Y allí, sobre los muros cotidianos y eternos que lastiman el aire, escribo. Me hago piedra, tierra, fuego para arder como luciérnaga en tus ojos desahuciados.