domingo, 27 de febrero de 2011

Gato viejo


Apareció allí, mirándome...

Los hogares de ancianos son recintos lúgubres, sin lugar a dudas ni discusión. Ahora…¿qué es lo me lleva a tal afirmación?. ¿Qué es lo que me lleva a no cambiar de opinión?. Viví en uno de ellos hasta los doce años rodeada de viejos y viejas decrépitas, que me vestían como ellos, me alimentaban a papilla, como ellos (por eso no he desarrollado bien mis dientes),  y me tenían sentada, sin moverme, gran parte del día. Algunos ancianos tenían como mascotas un gato; pero solo uno era negro.  Mi habitación estaba pintada de una blancura inmaculada y mi ropa negra. Si, negra como el gato. Una noche, mientras dormía, la puerta se abrió con doloroso quejido. Pude oírla porque siempre estoy alerta, hasta para dormir. El pasillo, como siempre, a media luz apagado y mi mano no alcanzaba el velador. Afuera, llovía sin parar. Es decir, que la fantasía de saltar por la ventana, como en un thriller, se hacía difícil; porque estaba trabada por el lado de fuera. De repente se hizo un silencio largo. Un parpadeo mío y apareció allí, mirándome fijamente en la penumbra, recorriendo con sus sucias manos mis glúteos atemorizados. Otro parpadeo más y despierto, fría y sudorosa como alma en pena que encuentra el alba. Fue una pesadilla espantosa. Lo raro era que estaba desnuda, completamente despojada. Vuelvo a ponerme el camisón y me deslizo, como una acróbata terrestre, hasta la puerta. La abro. Me asomo. Salgo al pasillo y observo hacia ambas direcciones. Posteriormente vuelvo sobre mis pasos y cierro la quejosa puerta tras de mí. Un refucilo ilumina adrede la habitación, y, me muestra, lo que habitaba encima de mi cama.  Mi corazón parecía salírseme por los ojos, y sentía ganas de orinar el suelo. Una forma, mitad humana mitad felino, se relamía entre las sábanas ensangrentadas, y, en mis piernas, lloraba la roja humedad… del estupro.-

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