sábado, 30 de abril de 2011

Observatorio cruel

                                                                                                        
.....soul
Tengo las sábanas almidonadas de negro y me importa poco y nada. El ahora, es un resurgir debajo de éstos lienzos y comenzar la mañana. Un sonido suave a madera crujiente, como tostadas sobre la mesa, me trae recuerdos de abuelas regalonas. O no tanto. Quizás… a leños arrojados con furia sobre las llamas.
Aún, sigo en éste pasaje trastocado entre el sueño y la vigilia. El café recién molido cobra fuerza con cada inspiración mía y el tabaco picado inunda la casa con un perfume afrodisíaco. La marihuana, obsoleta, pierde protagonismo a mi lado porque la observo con deseo irremediable.
Sorbo a sorbo van pasando los minutos, y yo, no hago más que pensar en la muerte. Si, en una muerte. No sé si será el frío pero el dolor de espina me entumece. Me estoy poniendo vieja, lo sé: me lo dicen las arrugas y el esputo sanguinolento que arrojo a medianoche.
El mantel a lunares rojos está tendido a la intemperie y lo observo con tristeza desde el ostracismo. Duele, duele verlo lamiendo su propia soledad  a merced de  la tempestad que me trajo la cadencia del invierno.

domingo, 24 de abril de 2011

Final del círculo

cosechando llagas....
La noche me hiere. Así, desencajada y todo, relamo las llagas del dolor carcomidas por el frío del estupro que me recorre como una sierpe entre los muslos.  Un aullido de guitarra  se oye por la casa sin huéspedes, dejándome las cuerdas arrancadas en ésta garganta mía, sucia y lacerada. Y el vómito, me está alimentando y proveyéndome de vitaminas para seguir en ésta cuerda floja que tengo por vida.
Cuento los segundos, como una presidiaria del Penal 14, tratando de herir a los muros del cuarto acosado de líquenes. Ahí está, el silencio rojo apilado en tristes montones, llorando de humedad en su envoltura. Me acuso y me condeno impenitente a la luz de las velas derruidas de cera… que poco alumbran. De nuevo-------- el comienzo.

domingo, 17 de abril de 2011

La leyenda de Niña Tabaco

                                         .....inframundo
                                               sin tiempo
adormecida en la música...
Se cuenta que hace muchos años, vivía una mujer adormecida en la música. Lloraba en un letargo infinito de sones y palabras, de lágrimas y llanto, de acordes y violines. Una extraña enfermedad la hacía permanecer dormida, en un tiempo y espacio trastocado, donde solo habitaba el humo del tabaco. Allí, en ese inframundo de niebla y ausencia, la hora cítrica caía oblicua. Entonces, como una gaviota agorera en la tormenta,   el quejido de un bebé se hizo eco. Entre una parafernalia de música, llanto, silencio y resurrección; la mujer despierta del sueño profundo.
Con los párpados despegados y la mirada vidriosa del mundo entreabierta, divisa la silueta malherida de la criatura que sonaba y callaba a ritmos intermitentes. Amargamente andando, sutil y volátil, la dama se incorpora para tomar al bebé en sus brazos cuando de pronto… la imagen se hizo humo. Un humo tan espeso y obscuro que penetró sus entrañas, se hizo carne y silencio, metáfora y absurdo.
Así, y al cabo de siete noches en que la luna apenas alumbraba, su cuerpo empequeñeció hasta transformarse en bebé.
Con el hambre a flor de piel y las pupilas disecadas, trascendió  la muerte y la locura para venir, de éste lado, con el alma encarnada. -

jueves, 14 de abril de 2011

Aviso de Muerte


....a falso luto,
 claveles negros sobre el rostro marchito
Se avecina una tormenta por el lado oscuro que me ocupas. He impregnado tapetes y cortinas de negro humo; pero el desinterés me despreocupa. Dejo una estela a mis espaldas y me dirijo sigilosa y volátil por la calle inhabitada. La noche me observa de reojo mientras la sombra del viejo edificio echa su cono de sombras sobre mi ausencia. Allí estás, mostrando un falso luto mientras abres tu coche. Mi cerebro es un engranaje macabro a punto de salirse de su eje. Ahora, tu face, es una mueca rojiblanca del otro lado del espejo. Está avisado: una noche de éstas le saco los ojos.

sábado, 9 de abril de 2011

Conjuro para dos


Tengo un manojo de llaves maestras dispersas por el apartamento. Tengo un dolor de espina que me sirve de anuncio macabro, a la hora de salir de cacería. Tengo sed de sangre humana y antojos de desmembramientos. Tengo ganas de incursionar en la tortura……….. con la electricidad.

Abuelos con rostros de víctima que inspiran tan solo el descarte de lo mal vivido. Yo, herida y rota, transité la pubertad como una ignota, buscando respuestas a lo incontestable.

tormenta vengadora para ancianos pecadores.........
Camino la noche y un perfume a naftalina me lleva por oscuros senderos. Olores que se perciben cercanos a medida que  llego al sitio prometido. Mi estatura pequeña, sumada a mi habilidad para volar, me permiten llegar a lugares altos y diminutos.  Vislumbro una ventana abierta tres pisos arriba. Una luz débil y una música antigua llegan como un presagio. Los clarines de guerra dibujan extrañas formas mostrando, a la vez, una belleza mediterránea sobre las paredes. Inspiro aire y doy un salto mortal hasta llegar a la cornisa. Descubro  cortinas y entro a una humilde  y casi despojada habitación. Adentro no había nadie. A lo lejos se oyen voces y pasos que se acercan, entonces, me escondo en un armario que me sirve de guarida. Luego, una puerta se abre con doloroso quejido y entran dos abuelos que se apresuran a sentarse en un triste sofá. Yo los observo desde el espacio entreabierto del armario. Uno de ellos, de unos ochenta años, está vestido con camisa a cuadros y fuma en pipa. El otro presenta una parálisis en el rostro que le da un aspecto payasesco y siniestro a la vez. Ninguno de los dos emite palabra. Minutos después el que fuma en pipa, le dice al otro: “Hoy va a ser una noche negra, terriblemente negra”. Posteriormente se pone de pié y a duras penas se cerca hasta -mi- armario. Abre la puerta, y yo, inmutable, inimputable y desprejuiciada le doy un solo puntapié que lo hace rodar por el todo cuarto hasta quedar prácticamente inconsciente. Luego, salgo de adentro quitándome los trapos que me encubren el rostro y, con motivos, me decido a liquidarlos con un conjuro imposible. No hay tiempo que perder, es hora de mostrar el daño brutal que puede hacer este pequeño cuerpo cuando está fuera de sí. El viejo, que había quedado sentado sobre el sofá, estaba petrificado. Lo miro; pero él esquiva mi mirada. _¿Acaso…sorprendido?.  Pregunto en voz baja. _Creyó que nunca encontraría este apestoso lugar; pero lo encontré. Voy a darles un final memorable a sus patéticas vidas. Les digo.

Las cortinas comenzaron a desprenderse de su sitio  por un fuerte viento que comenzó inesperadamente. Nubarrones y truenos completaron el cielo de la ciudad. Afuera refucilaba como refucilan también mis ojos cuando murmuro entre dientes una maldición gitana. La tempestad se hacía cada vez más, y más fuerte con cada palabra que emitía mi boca. Los dos ancianos, habían cambiado de rostro mil veces. Yo, estática e incólume, levanto las manos hacia arriba en un gesto adorador y el viento se roba los cuerpos por la ventana hasta hacerse un punto lejano en la tormenta.
Arriba, como fuegos de artificio,  comenzaron a llover los pedazos que alguna vez….tuvieron vida.

sábado, 2 de abril de 2011

Me ha llegado una carta misteriosa.

1:21 am.

papeles desconocidos................

Estoy fumando con la pasión con la que fuman los murciélagos de noche, mientras reviso la correspondencia. Pergaminos antiguos, sobres amarillos encajonados como si tuvieran más valor, inclusive, que un lingote de oro y restos de pétalos dispersos por aquí y por allá sin cumplir ninguna función. Me dispongo a tirar la basura cuando de pronto…un nuevo hallazgo nocturnal. Exhalo el humo vaporoso de la boca, (en el fondo tengo malas intenciones ambientales). Respiro hasta donde me lo permiten mis pulmones y desdoblo el papel. Leo en voz alta lo allí escrito: “Un abominable morbo asecha”.
Sonidos extraños se oyeron en la cocina. Apago las luces para poder ver mejor -como los gatos- y con sigilo felino me acerco a hurtadillas. No hay nadie, entonces, arrojo la colilla al suelo y me desplomo como un paquete sobre el sofá.
Me quedo respirando, sin misterios, la humedad proveniente de la ventana del fondo.