sábado, 9 de abril de 2011

Conjuro para dos


Tengo un manojo de llaves maestras dispersas por el apartamento. Tengo un dolor de espina que me sirve de anuncio macabro, a la hora de salir de cacería. Tengo sed de sangre humana y antojos de desmembramientos. Tengo ganas de incursionar en la tortura……….. con la electricidad.

Abuelos con rostros de víctima que inspiran tan solo el descarte de lo mal vivido. Yo, herida y rota, transité la pubertad como una ignota, buscando respuestas a lo incontestable.

tormenta vengadora para ancianos pecadores.........
Camino la noche y un perfume a naftalina me lleva por oscuros senderos. Olores que se perciben cercanos a medida que  llego al sitio prometido. Mi estatura pequeña, sumada a mi habilidad para volar, me permiten llegar a lugares altos y diminutos.  Vislumbro una ventana abierta tres pisos arriba. Una luz débil y una música antigua llegan como un presagio. Los clarines de guerra dibujan extrañas formas mostrando, a la vez, una belleza mediterránea sobre las paredes. Inspiro aire y doy un salto mortal hasta llegar a la cornisa. Descubro  cortinas y entro a una humilde  y casi despojada habitación. Adentro no había nadie. A lo lejos se oyen voces y pasos que se acercan, entonces, me escondo en un armario que me sirve de guarida. Luego, una puerta se abre con doloroso quejido y entran dos abuelos que se apresuran a sentarse en un triste sofá. Yo los observo desde el espacio entreabierto del armario. Uno de ellos, de unos ochenta años, está vestido con camisa a cuadros y fuma en pipa. El otro presenta una parálisis en el rostro que le da un aspecto payasesco y siniestro a la vez. Ninguno de los dos emite palabra. Minutos después el que fuma en pipa, le dice al otro: “Hoy va a ser una noche negra, terriblemente negra”. Posteriormente se pone de pié y a duras penas se cerca hasta -mi- armario. Abre la puerta, y yo, inmutable, inimputable y desprejuiciada le doy un solo puntapié que lo hace rodar por el todo cuarto hasta quedar prácticamente inconsciente. Luego, salgo de adentro quitándome los trapos que me encubren el rostro y, con motivos, me decido a liquidarlos con un conjuro imposible. No hay tiempo que perder, es hora de mostrar el daño brutal que puede hacer este pequeño cuerpo cuando está fuera de sí. El viejo, que había quedado sentado sobre el sofá, estaba petrificado. Lo miro; pero él esquiva mi mirada. _¿Acaso…sorprendido?.  Pregunto en voz baja. _Creyó que nunca encontraría este apestoso lugar; pero lo encontré. Voy a darles un final memorable a sus patéticas vidas. Les digo.

Las cortinas comenzaron a desprenderse de su sitio  por un fuerte viento que comenzó inesperadamente. Nubarrones y truenos completaron el cielo de la ciudad. Afuera refucilaba como refucilan también mis ojos cuando murmuro entre dientes una maldición gitana. La tempestad se hacía cada vez más, y más fuerte con cada palabra que emitía mi boca. Los dos ancianos, habían cambiado de rostro mil veces. Yo, estática e incólume, levanto las manos hacia arriba en un gesto adorador y el viento se roba los cuerpos por la ventana hasta hacerse un punto lejano en la tormenta.
Arriba, como fuegos de artificio,  comenzaron a llover los pedazos que alguna vez….tuvieron vida.

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