sábado, 29 de octubre de 2011

Canción de navidad sangrienta

Era domingo y amanecí tarde. A lo lejos la ciudad se contemplaba nevada, y los árboles que se erguían como inmensos rascacielos parecían burlarse de mi encierro. Asomada en la ventana, el horizonte caía sobre mí, gris y desolado. Tenía siete años  cuando sentí por primera vez la necesidad de matar: matar a sangre fría. El aislamiento en ese claustro, habitado por extraños, era indescriptible. Y cuando digo claustro me refiero al geriátrico donde me crié, rodeada de ancianos mitad locos mitad mutantes; mitad zombis mitad perversos. Así transcurrían las horas todas idénticas, aferrada a las agujas filosas del reloj. El salón se veía humildemente ornamentado para la navidad, y ellos deambulaban por los pasillos como muertos en vida en busca de algo inencontrable. La noche anterior mi espalda crujió mientras dormía y un calor sofocante quemó por mi carne desnuda. El espasmo duró unas horas y al cabo de un  tiempo desapareció como había llegado: sin avisar. Y sin permiso, mezclándome entre la decadencia, apago las luces para poder ver mejor –como los gatos- y camino hacia la cocina. La enfermera, estaba en el piso de arriba y trajo ese día al hijo menor que jugaba solo en la despensa. Pude olerlo como un animal indefenso en el monte, y yo de cacería por vez primera.  Los ojos de aquel pequeño infeliz lloraron ante la tenebrosa imagen que reflejaba mi cuerpo insignificante, en el marco de la puerta. Le hago un gesto de silencio con el dedo _¡Shsss!. Entonces, mostrando en mi mano un machete, lo obligo a meterse en un armario contiguo.  Aunque intentaba no podía y yo me desesperaba con cada segundo desperdiciado en vano. El niño era robusto para su edad y no cabía de ninguna forma posible. Cuando mis pupilas se dilataron por completo doy el primer machetazo que impacta en la cabeza para salir rodando por el suelo y bañándome con su sangre. A los segundos posteriores de la decapitación, los dedico a observar el cuerpo incompleto que aún se movía en el suelo como siervo herido.  Ahora quedaba los más jugoso. Ahora solo quedaba el disfrute de la carnicería.
Cuando la enfermera regresa, el gesto de horror  le desfiguró la cara. Pudo contemplar el regalo de navidad más hermoso de todos. Hecho especialmente para ella. El regalo que una hija daría por una madre. Y allí estaba, brillante y majestuoso. El cuerpo del niño formaba un árbol y lo recubría las luces de navidad intermitentes y multicolores. Yo, sentada con mi vestido blanco sobre la sangre, cantaba una canción inventada por mí en noches de desvelo: “…la luna es roja, la sangre es roja, la herida es roja, mi vestido es rojo. Los ojos están muertos, las manos están muertas, el corazón está muerto y tú estás muerta”.

domingo, 2 de octubre de 2011

A mis visitantes Dark:

Con  apariencia aniñada, deambulo como una vigilante sin ser descubierta. Tengo fama de dark porque visto de negro, me gustan las películas gore y vivo de noche. En el fondo soy una dulce aunque me cuesta encontrar a mi alma gemela. Soy multifacética y opinóloga; pero mi otro yo a veces me convierte en un alma vengativa.