martes, 28 de febrero de 2012

Baby gore

Exactamente un año atrás, estuve postrada a causa de una torcedura estúpida al bajar la escalera. El médico, entonces, aprovecha para trasladarme hacia el ala trasera del geriátrico con el propósito de  desinfectar mi habitación. La tarde destemplada, y yo sola,  en el patio cuadrado rodeado de malezas, simulaba un desamparo para el aura. Un panorama triste y desolado veían mis ojos lacrimógenos y el  tobillo vendado dolía demasiado. Un sudor iridiscente nacía en mi cabeza y viajaba por mi sien anémica hasta morir en el alba de mis labios apretados.   Una súbita ráfaga de viento movió la vegetación -a lo lejos- y pude vislumbrar algo tornasolado que brillaba en el sitio agreste como mi alma; y espinoso como éste corazón hueco que gime adentro. A duras penas camino con el miembro trastocado hacia aquel sitio, pero una voz siniestra que me grita desde lo alto de una ventana, me asusta. No entendí con claridad lo que dijo; pero aún así retomo la marcha como lo había planeado.  Cuanto más me acercaba, más y más brillantes se hacían los destellos. La hierba era tupida y acariciaba mi rostro con el vaivén que provocaba el movimiento  de mis pasos.  Un perfume sutil y delicado me atraía como un imán hacia la espesura. A los cinco minutos ya estaba cubierta por aquella hierba que hacía cosquillas en mi espalda y a la vez me molestaba. Ahora los destellos habían desaparecido y fueron remplazados por sonidos de agua que provenía de algún lugar. Mis pies se fueron  hundiendo lentamente hasta empaparme las rodillas. Yo, me dejaba tragar por la música inerte de ese mundo acuoso. El tobillo dejó de doler y el agua me fue llevando hacia adentro. Ahora no dolía la carne. Mi sangre se había lavado y mis heridas clamaban por tu ausencia. Quedé olvidada en lo profundo, perdida en medio del silencio sepulcral de los ojos de un niño muerto.-